lunes, 1 de abril de 2013

Aleluya ¡Ha resucitado!


Tras la Semana Santa ha llegado la hora de llevar a la práctica y concretar en nuestra vida todo lo que hemos ido reflexionando a lo largo de estas semanas del itinerario cuaresmal y de Pasión. Hemos ido viendo como Jesús es tentado por el demonio, como se transfigura, como se enfada y anuncia su muerte y resurrección comparándolo con el templo de Jerusalén, habla con Nicodemo informándonos que Dios no manda a su hijo al mundo para juzgarlo, sino para que el mundo se salve por El. Finalmente en las lecturas vemos que Dios quiere hacer una alianza nueva con su pueblo pero esta vez escrita en nuestro corazón. Uno puede creer que el hombre va a ser mejor con nuevas leyes, mejores estudios, mayores ingresos, más amplias formas de expresión, mucha o menor libertad... ¡cuántos experimentos se han hecho, por vía de dureza o de "laissez-faire", para comprobar que "hecha ley, hecha la trampa.

La resurrección de Jesús no es un hecho «físico milagroso». Sería reducirla a un mito anacrónico, momificado en las vendas de conceptos o figuras que pertenecen a una cultura muerta. Pero la resurrección tiene un carácter trascendente, no mundano y no espacio-temporal. No tiene parecido alguno con la "reviviscencia" de Lázaro. La de Jesús no consistió en la vuelta a esta vida, ni en la reanimación de un cadáver, no es una vuelta hacia atrás, sino un paso adelante, un paso hacia otra forma de vida, la de Dios. Jesús no ha vuelto a la vida, es decir, no ha regresado a la condición mortal, que nos permitiría verlo con los ojos del cuerpo. Jesús no ha vuelto de la muerte, sino que la ha atravesado y se encuentra en la otra orilla, vivo, pero con una vida nueva. Ha traspasado el muro de la muerte definitivamente.
El Papa Francisco nos dice: las mujeres se han dirigido en sepulcro porque se han sentido entendidas en su dignidad.. Algo sorprendente ocurrió. ¿Porque tenemos miedo de las sorpresas de Dios de la novedad de Dios? Dios siempre es sorprendente. No hay pecado que no puede ser perdonados si pedimos perdón. No hay problemas sin solución para Cristo.. Recordémonos de los milagros que Dios ha hecho para ti en tu vida. Jesús es el hoy eterno de Dios. Si hemos sido pecadores, pidamos perdón. Indiferentes, asúmete el riesgo. Acércate a El y no perderás.
La acción transformadora de la resurrección de Jesús fue a partir de entonces su capacidad de transformar el interior de los discípulos, antes disgregados, egoístas, divididos, llenos de miedo y atemorizados- para volver a convocarlos o reunirlos en torno a la causa del Evangelio y llenarlos de su espíritu de perdón. La capacidad del perdón; de la reconciliación con nosotros mismos, con Dios y con los demás; la capacidad de reunificación; la de transformarse en proclamadores eficientes de la presencia viva del Resucitado, puede operarse también entre nosotros como en aquel puñado de hombres tristes, cobardes y desperdigados a quienes transformó el milagro de la Resurrección.
Los 4 evangelistas narran que la primera aparición es a María Magdalena, bien sola o bien con María la de Santiago o Salomé. Lo que Jesús nos dice tras su resurrección es memorable. En Mateo ¡Alegraos!, su resurrección es motivo de estar alegres. En Jn. 20, 17 Jesús va más lejos: "suéltame que todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios" nos hace igual a El, es como cuando tu hermano mayor te dice: no te preocupes voy a hablar con nuestro padre. Es una garantía.

Y tras la Resurrección comienza "el testamento" para los discípulos, hoy los discípulos somos nosotros los cristianos. En Mt. 28, 18-20: "Me han concedido plena autoridad en cielo y tierra. Por tanto id a hacer discípulos entre todos los pueblos, bautizadlos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñadlos a cumplir cuanto os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre, hasta el fin del mundo.". ¡Qué maravilla! es como si el que te ha enseñado a desempeñar  tu trabajo te dijera que va estar siempre a tu lado, que no te preocupes. En Mc. 16, 15-18: "id por todo el mundo proclamando la buena noticia a toda la humanidad...a los creyentes acompañaran estas señales......". Confirma que el evangelio es para todos los hombres. En Lc. 24, 48: "Vosotros sois testigos de ello. Yo os envío lo que el Padre prometió. Vosotros quedaos en la ciudad hasta que desde el cielo os revistan de fuerza”. Y Juan nos narra la visita al cenáculo cuando esta Tomás y la confesión de este: Señor mío y Dos mío".
La Iglesia, nuestra madre en el camino pascual, nos recuerda aspectos de la vida de Jesús, para completar nuestra formación. En el relato del buen Pastor en Jn. Caps. 10 y 11: "yo soy el buen pastor....tengo además otras ovejas que no son de este redil......Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla...la entrego libremente....os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas". Luego en Jn. 15, 1-8: "yo soy la verdadera vid y mi Padre es el labrador......yo soy la vid, vosotros los sarmientos...porque sin mi no podéis hacer nada. Al que no permanece en mi lo tiran fuera y se seca...". Con un pastor así y con una vid que nos alimenta siempre no pasaremos nunca hambre, y sabemos que pase lo que pase nuestro Pastor da la vida por sus ovejas. Posteriormente Jesús nos dice en Jn. 15,9-17: "Este es mi mandamiento que os améis unos a otros como yo os he amado. ...ya no os llamo siervos... a vosotros os llamo amigos porque todo lo que he oído a mi padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido....". ¡Que garantía! tan grande ser amigos de Jesus, pero sobre todo haber sido elegido por Jesús,

Dios decide desde el comienzo salvar a la humanidad a través de una serie de alianzas. Son alianzas preparatorias de la alianza definitiva, sellada con el Misterio Pascual de Cristo y con la efusión del Espíritu Santo. Y ahora ha llegado la hora de decidir si queremos cumplir lo que implica esta alianza definitiva en Cristo, si estamos
disponibles o no al plan de Dios, con todo lo que implica, sabiendo que seguir a Cristo conlleva estar dispuestos a aceptar la cruz.
Ver a Jesús. Los griegos que han venido de lejos también han oído hablar de Jesús y expresan su deseo de verle. Jesús era un hombre que llamaba la atención por su modo de hablar, el contenido novedoso de su doctrina, los signos maravillosos que acompañaban al mensaje. Nosotros solo si hacemos silencio, si por un instante nos apartamos de la tiranía del consumo y de las solicitaciones del bienestar oiremos que
el alma nuestra, en su fondo más íntimo susurra: "¡quiero ver a Jesús!" Así el corazón del Padre se deja oír, mostrando que en ese Hijo Adorado y Adorable está todo el esplendor del universo. Y el Hijo mismo nos habla y señala con mano firme, aunque agobiada de dolor, en dónde es posible verle y reconocerle: "cuando yo sea levantado atraeré a todos hacia mí..." En la Cruz donde se desvela el misterio inagotable
de un amor que no se acaba.
Ver a Jesús no es ver a un predicador, a un profeta, a un milagrero, al fundador de una filosofía nueva. El que quiera ver todo eso deberá dirigirse a otros lugares, a otros maestros. Si quieres ver a Jesús hay que mirar a la Cruz. Ha llegado la hora de la muerte (la derrota, el sufrimiento, la ignominia) y la resurrección (el triunfo de la vida, del perdón y la reconciliación).
Para poder “ver” a Jesús de manera fecunda, salvadora, hay que ir más allá de la curiosidad, del deseo de ver milagros, o de escuchar doctrinas nuevas, o de descubrir nuevos valores morales y religiosos. Porque todo eso es insuficiente. Porque palabras y hechos, doctrina y milagros van, en este caso, indisolublemente ligados a la persona misma de Jesús: es Él mismo el centro del mensaje. Lo que Jesús anuncia y encarna es un amor más fuerte que la muerte, que sólo dará fruto si pasa por el crisol de la muerte, esa realidad al parecer definitiva que encarna el triunfo del mal y del pecado.
Nos dice Dios: si queréis ver a Jesús mirad, pues, al Crucificado. Ya no hay tiempo para otras citas. Ha llegado su hora.
Para nuestra vida personal, la cruz pone a prueba la autenticidad de unas convicciones y de unos valores, es decir, la fecundidad de una vida. En la Cruz aceptada, se identifica uno de verdad y hasta el final con Cristo. Dar su tiempo y sus capacidades.
El matrimonio, por ejemplo no es un camino de rosas. Las crisis, el cansancio, las limitaciones de uno y otra, con frecuencia las ofensas, los disgustos que dan los hijos… son formas variadas en que la Cruz se hace presente y nos pone a prueba. La fidelidad, la perseverancia, los elementos, tal vez, grises, de un amor verdadero tienen también un
componente de Cruz, que, si no se aceptan, pueden dar al traste con una relación humanamente muy bien cimentada. La fidelidad “hasta la muerte” no es sólo una referencia cronológica (“hasta que la muerte nos separe”), sino la voluntad y la confianza de establecer un vínculo más fuerte que la muerte: en Cristo, realmente, ni la muerte nos separa, porque en la muerte en Cruz (en el amor hasta dar la vida), la vida entregada se hace fecunda y da fruto. Es ahí, precisamente, donde la ley se nos graba en el corazón. No es pues sólo cosa de doctrina o de trabajo, sino también de seguimiento, de “estar allí donde está Él”.
Si en alguna ocasión alguien (pongamos, “unos griegos”) nos dicen que quisieran ver a Jesús (conocerlo, saber de Él, descubrirlo entre nosotros, en la Iglesia), podemos hablarles de sus palabras y obras pero no deberemos omitir ese momento clave, el de la hora decisiva, el de la Cruz, como el lugar de la plenitud de un amor hasta la muerte,
que derriba fronteras, atrae a todos y da frutos de vida nueva.
Conclusión
¿Entiendo lo que significa la Nueva Alianza que es Cristo, y a lo que me compromete? ¿Cómo cumplo yo esa alianza? ¿Qué resistencias encuentro? ¿Estoy dispuesto a obedecer a Cristo? La pasión "externa", la de los azotes, clavos y cruz, la conocemos; pero ¿hemos contemplado  con igual o mejor amor esta "pasión interior" de nuestro Redentor?
Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. Nosotros debemos glorificarlo con nuestra vida, también “para eso hemos venido”. No debemos posponerlo más, ha llegado la hora de que nos decidamos a cumplir de verdad la Nueva Alianza que Dios ha hecho con nosotros en Jesús, que nos decidamos a obedecerle y seguirle incluso en la cruz, porque Él es el autor de la salvación eterna y, siguiéndole, donde ahora está Él estaremos también nosotros.
Este domingo habla siempre de muerte y de vida: de cómo la muerte se
transforma en vida, de cómo la vida vence a la muerte. Jesús, elevado
sobre la tierra se hizo bien visible y accesible para todos. Griegos y
judíos, buenos y malos, lejanos y cercanos… todos pueden verle, a
todos atrae hacia sí.

Domingo y Tina
Sevilla 103

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